Glimmers: Qué son y Cómo mejoran tu Salud emocional

En psicología se habla cada vez más de los glimmers: qué son, por qué importan y cómo encontrarlos a diario.
Durante años hemos oído hablar de los triggers (detonantes) que activan el estrés y la ansiedad, pero ahora hay un movimiento más luminoso ganando terreno: los glimmers.
La terapeuta Deb Dana, divulgadora de la teoría polivagal, popularizó este término para describir esos micro-momentos de conexión y bienestar que devuelven la calma a tu sistema nervioso.
Es algo muy distinto a la gratitud. La gratitud es más del intelecto: parar un momento, pensar en lo bueno y recordarlo.
Los glimmers, en cambio, se sienten sobre todo en el cuerpo, son más sensoriales y viscerales: el olor del café por la mañana, la luz que se cuela entre las hojas, el timbre de la risa de un ser querido. Esas pequeñas cosas que endulzan la vida.
Esta nueva forma de mirar parte de algo sencillo, pero que solemos olvidar: aunque estamos rodeados de estímulos negativos, nuestro cuerpo también recibe señales de seguridad y calma que pasan desapercibidas.
Si a estas señales les prestamos atención, se pueden convertir en herramientas maravillosas para recuperar la armonía y la calma.
Reconocer estas chispas de bienestar no significa negar los problemas, sino recordarle al sistema nervioso que puede sostener el descanso y la templanza mientras estemos bregando con los desafíos de la vida.
En un mundo saturado de noticias, fechas límite, obligaciones y pantallas, aprender a detectar los glimmers es una manera práctica y sencilla de cuidar de ti y de cultivar tu salud emocional cada día.💜
¿Qué son los glimmers?
Los glimmers son micro‑momentos de seguridad, conexión y calma que activan el sistema nervioso en su rama ventral parasimpática.

Según Deb Dana, «los glimmers son pistas, internas o externas, que provocan una sensación de bienestar».
Estos destellos pueden durar unos pocos segundos y pasan inadvertidos porque nuestra mente está orientada a detectar amenazas: el famoso sesgo negativo.
Mientras los triggers activan el modo fight‑flight (lucha o huida), los glimmers son la versión opuesta: pequeñas señales que nos recuerdan que estamos a salvo y podemos aflojar.
La teoría polivagal de Stephen Porges explica que cuando percibes una caricia, escuchas un canto de pájaros o hueles pan recién horneado, tu nervio vago ventral envía un mensaje de «todo está bien» al cerebro y se libera un pequeño destello de paz y confort.
Estos mini‑descansos permiten al sistema nervioso resetearse y prepararse para nuevas interacciones y desafíos.
De dónde viene el concepto: Glimmers vs. Triggers
El término glimmer surgió como contrapartida de los triggers (detonantes) que solemos identificar en el trabajo terapéutico.
Deb Dana notó que nos entrenamos para detectar lo que nos activa negativamente pero ignoramos los momentos que nos regulan.
Al nombrar las micro‑experiencias positivas, ofreció una herramienta para equilibrar la balanza.
Los triggers son señales de amenaza –reales o imaginadas– que activan el sistema simpático: un recuerdo traumático, un reproche inesperado, un tono de voz que nos remite al peligro.
Su finalidad es la supervivencia.
Los glimmers, en cambio, provocan la respuesta de conexión y seguridad, despertando la rama ventral del nervio vago.
Ambos conviven en nuestro día a día, pero solemos prestar más atención a los primeros y muy poca o ninguna a los segundos.

Reconocer glimmers no implica ignorar el dolor ni practicar una especie de positivismo tóxico.
La propuesta es ampliar la mirada para incluir esos destellos de calma que podemos sentir incluso en momentos difíciles.
La vida siempre oscila entre luces y sombras, la inevitable dualidad; los glimmers son pequeñas luciérnagas que nos ayudan a transitar la noche.
Beneficios psicológicos de los glimmers
Reprograman el sistema nervioso
La investigadora Liz Kelly explica que cuando ponemos atención a estos micro-momentos, empezamos a ver algo muy simple pero poderoso: un día casi nunca es totalmente bueno o totalmente malo.
Puedes estar teniendo una jornada horrible y, aun así, sentir un pequeño alivio cuando tu perro te recibe moviendo la cola o cuando entra un rayito de sol por la ventana.
Cada glimmer es como una mini señal al sistema nervioso que dice: “también hay seguridad aquí”.
Con el tiempo, esto reentrena al cerebro (lo que en psicología se llama neuroplasticidad):
- Se fortalecen los “caminos internos” relacionados con la calma, la seguridad y la capacidad de afrontar problemas.
- Y se debilitan los caminos de alarma constante, esos que nos mantienen en tensión como si todo fuera urgente.
Es como si tuvieras dos carreteras: una hacia el agobio y otra hacia la tranquilidad.

Cada vez que notas un glimmer, estás pasando un ratito más por la carretera de la paz, y poco a poco se convierte en tu ruta habitual.
Mejoran el estado de ánimo y la resiliencia
También se ha visto que los glimmers bajan el estado de alerta (ese “estar en guardia” todo el rato) y ayudan a regular mejor las emociones.
Especialistas en trauma y terapia señalan que prestar atención a estos momentos:
- Aumenta la capacidad de calmarte cuando algo te altera.
- Construye resiliencia, es decir, te ayuda a levantarte mejor después de un día difícil.
- Crea una base más estable de bienestar, aunque la vida siga teniendo lío.
Imagina un día de esos en los que todo parece torcerse:, si en medio de eso vas registrando pequeños glimmers —el olor del café, un mensaje bonito en el móvil, una ducha caliente al final del día—, no cambias los problemas, pero sí cambias cómo los vive tu sistema nervioso.

Un estudio citado por la psicoterapeuta Carly Robbins afirma que cuando integramos momentos positivos pequeños cada día, el ánimo general mejora.
No es magia, es acumulación. Muchos instantes pequeñitos de bienestar terminan sumando una sensación de vida más ligera.
Fortalecen las relaciones y fomentan la empatía
Cuando compartes un glimmer con alguien (“Hoy, de camino a casa, he visto un cielo precioso”, “Me ha sabido a gloria el primer café de la mañana”), no solo lo recuerdas tú:
tu cuerpo revive un poquito esa calma y la otra persona también la siente.
Eso, en psicología, se llama co-regulación: cuando uno se relaja, le resulta más fácil al otro relajarse también.
Sin negar lo difícil de la vida, abrís un espacio de respiro.

Además, si empiezas a fijarte en esos hermosos momentos que viven los demás —la cara de tu hijo cuando juega, cómo tu pareja se relaja al oler algo rico en la cocina—, tu empatía se afina:
ya no solo ves problemas, también ves momentos de luz.
No se trata de ignorar lo que duele, sino de no vivir únicamente ahí.
Contrarrestan el sesgo negativo
Nuestro cerebro viene con un “programa de fábrica” llamado sesgo negativo.
Traducido: está diseñado para fijarse más en lo que va mal que en lo que va bien, porque a nivel supervivencia siempre fue más importante detectar peligros que flores bonitas.
Ejemplo típico:
- Te dicen 10 cosas buenas y 1 crítica.
- ¿Qué recuerdas por la noche? La crítica, claro.

Practicar los glimmers no borra ese sesgo, pero sí lo equilibra.
Es como decirle al cerebro:
“Gracias por avisarme de los peligros, pero mira, también hay esto otro que está bien”.
Cada vez que apuntas o nombras un glimmer —la ducha caliente, el olor a pan, un mensaje amable, el silencio de la noche— estás entrenando tu atención para detectar también las señales de seguridad y calma.
No es autoengaño ni positivismo naïf, es reeducar la mirada. Seguir viendo lo que no va bien, pero sin olvidar lo que sí nos nutre.
Poco a poco, tu día deja de ser solo una colección de problemas y se convierte en un paisaje donde también hay pequeños refugios de bienestar.
Ejemplos de glimmers en la vida cotidiana
Los glimmers son personales: lo que para ti puede ser una chispa de calma, a otro puede resultarle indiferente.

Pueden surgir en la primera taza de café o en el canto de los pájaros.
Otros ejemplos comunes son:
- Sentir el calor del sol en la cara un día de invierno.
- Escuchar por casualidad tu canción favorita en la radio.
- Recibir la sonrisa genuina de un desconocido o un abrazo de alguien querido.
- El olor de pan recién horneado o una vela con aroma familiar.
- Acariciar a tu mascota y sentir su ronroneo o su alegría de verte.
- Ver un brote verde creciendo en tu planta o en el asfalto.
- Hacer tu hobby favorito: dibujar, tocar un instrumento o cocinar.
Estas chispas son sencillas, sensoriales y, sobre todo, suceden sin esfuerzo: solo hay que estar atentos para verlas.
Cómo encontrar glimmers a diario
Ralentiza el paso y presta atención
Estos momentos son muy sutiles.
Para verlos, hay que ir un poco más despacio: notar la textura suave de una manta, el sonido de la lluvia en la ventana, el olor de la tierra mojada al salir a la calle… Cosas pequeñas, pero que el cuerpo agradece.
Usa tus cinco sentidos
Mira a tu alrededor: ¿qué colores te relajan?, ¿qué sonidos te resultan agradables?, ¿qué olores te gustan?
Puede ser el sabor del primer sorbo de café, el roce calentito de una bufanda o el canto de un pájaro en la mañana.
Estos instantes se viven con todo el cuerpo.
Ponles nombre cuando aparezcan
Cuando notes uno de esos momentos agradables, reconócelo:
- “Qué bien se está con esta luz.”
- “Este abrazo me ha sentado de maravilla.”
Ponerlo en palabras, aunque sea por dentro, ayuda al cerebro a registrar: “Esto me hace bien”.
Prepárales el terreno
Hazles hueco en tu rutina: un paseo corto entre árboles, tomar el sol cinco minutitos en el balcón, jugar con tu mascota, regar las plantas, dedicarte a un hobby que disfrutes.
Cuantas más ocasiones crees, más fácil será que aparezcan esos chispazos de calma.
Crea tu Diario de Glimmers
Lleva un cuaderno o una nota en el móvil donde apuntes al menos tres momentos bonitos al día.
Ejemplo:
- “El olor del pan al entrar en la panadería.”
- “La risa de mi compañero en el trabajo.”
- “La sensación de las sábanas limpias al acostarme.”
Si luego compartes alguno con alguien de confianza, el efecto se multiplica.
Hazte la pregunta clave
A lo largo del día, pregúntate:
“¿Esto me da paz o me la quita?”
Si hay algo (o alguien) que te roba calma constantemente, quizá toque ajustar: poner límites, cambiar la forma de estar ahí o, a veces, tomar distancia.
Deja espacio al silencio y a la respiración
Dedica unos minutos a respirar más despacio o simplemente a estar en silencio sin pantalla delante.
Cuando afloja el ruido externo, es mucho más sencillo notar esos pequeños instantes agradables que antes pasaban de largo.
Ten paciencia con tu cerebro
No es cuestión de un día.
Al principio puede que cueste ver algo más allá del estrés, pero, con práctica, empezarás a notar que cada jornada trae pequeñas chispas de bienestar.
Lo que haces es entrenar tu mente para no quedarse solo con lo gris, sino también con lo que nutre.
Luz en lo cotidiano
Estos pequeños momentos son como lucecitas que se cuelan en la rutina. Están ahí incluso en días movidos: en una mirada amable, en un rayo de sol entrando por la ventana, en el olor de algo rico cocinándose en casa.

Nos recuerdan que, aunque haya ruido y estrés, el cuerpo sigue sabiendo encontrar rincones de seguridad.
Cuando entrenas tu mente para reconocerlos, no solo mejoras tu bienestar, también empiezas a tratarte con más cariño y a mirar el mundo con algo más de suavidad.
La vida sigue teniendo problemas, pero también hay cosas bonitas.
Te invitamos a empezar tu propio Diario de Glimmers, anotando esos micro-momentos de calma que vayas encontrando.
Y si los compartes con alguien de confianza, entre los dos iréis llenando el día de pequeños ratos que de verdad merecen la pena.
