Adicción al drama, ¿Por qué hacemos un mundo de todo?

Representación de la adicción al drama mediante dos mujeres actuando en un escenario de teatro. Una de ellas, está dramatizando mientras la otra intenta consolarle.

Amanece un nuevo día y te despiertas con una felicidad sorprendente. Tarareas tu canción favorita mientras te vistes y hasta das un par de pasos de baile por el pasillo.

Sales a la calle con tu playlist “Amanece con alegría” y, en la primera esquina, te cruzas con tu vecina.

“¿Qué tal estás?”, preguntas.

Ella sonríe… pero es más bien una media sonrisa forzada.

“Bien”, dice, y acto seguido desata un monólogo épico y sobrecogedor acerca de que su exprimidor automático ha muerto y ha tenido que hacerse el zumo a mano.

Sí, has leído bien, de forma manual, ¿Te imaginas la desgracia? (Silencio dramático con violines de fondo.)

Dos mujeres hablando en la calle. Una de ellas está dramatizando y la otra mujer le escucha con cara de sorpresa por ver lo exagerada que es.

A ti te hace gracia que haga un drama de un problema tan banal, pero notas que si te ríes de golpe puede ofenderse. Aquí es donde conviene aguantarse la risa y elegir la jugada con cariño. Tienes dos caminos:

1) Humor amable (guiño sin pinchar el globo).
“Ay querida, hoy padeces el síndrome del exprimidor difunto. No te preocupes, pues tengo la receta perfecta: dos respiraciones profundas y un brindis con vitamina C extraída a mano. ¿Probamos?” Dices esto con una sonrisa cómplice, no como sentencia.

Si ella se ríe, el globo se desinfla solo y la escena pierde gravedad, sino, su adicción al drama es más grave de lo esperado.

2) Mirada estoica (empatía + cambio de enfoque).
“Vaya faena, da mucha rabia cuando algo que siempre funciona, de repente falla” (validas la emoción).
Luego, suave, devuelves control: “¿Qué depende de ti ahora? ¿Qué puedes hacer al respecto? ¿Hacerlo a mano, pedir uno nuevo o pasar sin zumo hoy?” En cuestión de segundos, la energía pasa del lamento a la acción. Has elegido no engancharte a la queja y, de paso, le has ofrecido una salida.

La idea no es ridiculizar esta adicción al drama, sino no contagiarte.

A veces la vida nos pone solo baches y a veces desafíos realmente duros.
Un bache es que se pinche una rueda, que el coche no arranque o que el GPS te líe.

Molesta, claro, pero no es para hacer un dramatismo de ello, se puede gestionar: respiras, avisas que llegarás tarde, buscas bus/metro/taxi o pides ayuda. Listo.

Un desafío duro de verdad es otra cosa muy distinta: la pérdida de un ser querido, una ruina económica, un accidente con secuelas. Ahí no vale el “no pasa nada”; en ese caso hace falta tiempo, apoyo y, si es necesario, ayuda profesional.

¿Pero por qué a veces montamos una película por cosas pequeñas? ¿Y por qué hay gente que vive “enganchada” a ese guion? Esta adicción al drama parece una mecánica humana que está cada vez más de moda en estos tiempos, curiosamente en una época donde vivimos rodeados de comodidades.

Hombre llorando porque tiene una grieta en su ventana.

El psicólogo Scott Lyons define esta tendencia como una adicción cultural y no un vicio individual.

Afirma que muchos se comportan como protagonistas de una película y recurren a redes sociales para amplificar cualquier incomodidad cotidiana.

Cuando la vida se calma, cuando todo va bastante bien, algunos necesitan sobre exagerar las malas noticias o buscar conflictos para mantener altos niveles de cortisol y adrenalina.

Hay varios casos en los que se puede observar cómo los medios de comunicación alimentan esta adicción al drama, ese quejarse por vicio, exagerando cualquier suceso y reforzando la idea de que hay que reaccionar de forma dramática ante el menor contratiempo.

¿Por qué nos hacemos adictos al drama?

  1. Sustituto de sentido y sensación. Lyons recuerda que esa tragedia no está hecha para tener sentido, sino para generar sensaciones. En un entorno donde la mayoría de nuestras necesidades básicas están cubiertas, ese pico de adrenalina puede dar sensación de control o importancia.
  2. Atención y validación. Quejarse o alardear de lo mal que van las cosas normalmente atrae simpatía y atención inmediata. Según la psicóloga Gloria Lee, algunas personas se convierten en víctimas crónicas para evitar la responsabilidad, ganar compasión o sentirse superiores. Esta atención refuerza la adicción: cada queja repetida fortalece los circuitos neuronales asociados y nos vuelve más negativos.
  3. Comodidad y baja tolerancia a la frustración. El siglo XXI ha traído servicios inmediatos y dispositivos que lo hacen todo más fácil: si algo falla (no arranca el coche, se cae la conexión,…), la respuesta automática es el enfado o la queja. La exposición constante a vidas aparentemente perfectas en redes sociales también crea expectativas irreales. Cuando la realidad no coincide con la imagen ideal, se reacciona trágicamente para reclamar lo que “merecemos”.
  4. Modelo social. La televisión sensacionalista y ciertos creadores de contenido e influencers normalizan la reactividad y la confrontación. Convierten discusiones banales en espectáculos de ira, creando la impresión de que el conflicto constante es una forma válida de vida. Como muchos discursos virales, estos estímulos elevan nuestro umbral de excitación: necesitamos emociones más fuertes para sentirnos vivos.

Las consecuencias del drama constante

Las quejas y discusiones interminables no son inofensivas. La doctora Lee advierte que esta actitud crónica genera un clima mental de negatividad; los niveles altos de cortisol pueden provocar enfermedades físicas y dañar la memoria.

Mujer mirando un retrato intentando recordar quién es el de la foto

Además, este hábito destructivo aliena a los demás y deteriora las relaciones: amigos y familiares se cansan de escuchar la misma historia, lo que puede llevar al aislamiento.

Lyons señala que los enganchados a personas adictas al drama suelen creer que no tienen elección, cuando en realidad pueden alejarse o establecer límites.

Herramientas prácticas para abordar este problema

La filosofía estoica, con más de dos mil años de antigüedad, ofrece un antídoto eficaz frente a la adicción al drama. Los estoicos distinguían entre lo que depende de nosotros y lo que no.

El filósofo Epicteto aconsejaba que, como en el teatro, debemos aceptar el papel que nos toca e interpretarlo lo mejor posible, en lugar de quejarnos por no ser protagonistas.

Según los estoicos, solo controlamos nuestro juicio y nuestras acciones; todo lo externo –la reacción de otros, el clima, el tráfico o una avería– está fuera de nuestro control.

Obsesionarse con lo externo conduce a la frustración y a llegar sin querer a quejarse por vicio y , por ende, a convertirse en un adicto/a al drama. Centrarse en la propia respuesta produce serenidad y la oportunidad de gestionar ese bache incluso de forma alegre.

Cambiar la forma de ver las cosas

Epicteto recordaba que no son las cosas las que nos afectan, sino nuestras interpretaciones sobre ellas.

La vida vendrá a nosotros como le dé la gana, lo importante no es cómo venga, sino cómo la recibimos.

Cuando nos gritamos “esto es terrible”, ya sea en voz alta o en un pensamiento, el cerebro responde con alarma. Si interpretamos la misma situación como un inconveniente menor o una oportunidad para aprender, nuestro sistema nervioso no entra en pánico.

Hombre cantando feliz mientras cambia la rueda pinchada de su coche

Este principio se aplica a cualquier contratiempo: un atasco no “arruina” el día, simplemente retrasa nuestra agenda. Incluso podemos aprovechar esos momentos de pausa para curiosear en un podcast que hemos visto interesante, por ejemplo, o escuchar algunos de los vídeos de Estación Inspiración que tenemos en nuestro canal de YouTube 😉.

Elegir una interpretación más amable corta la cadena de esta adicción al dramatismo.

Una nueva forma de abordar la vida, más práctica, que además nos ayudará a ahorrar energía mental y evitar esa queja innecesaria.

Vivir en el presente

El emperador Marco Aurelio aconsejaba centrarse en la tarea del momento, porque ansiar el futuro o rumiar el pasado genera ansiedad. No existe ningún beneficio en anticipar desgracias o revivir injusticias, más bien es una conducta dañina.

Volver al presente –la respiración, la conversación actual, la página del libro que estamos leyendo– rompe ese círculo.

Fomentar la templanza y la gratitud

Aunque a veces pueda parecer difícil, es aconsejable practicar y conquistar la templanza, la capacidad de no ser arrastrados por placeres ni disgustos.

Sé que a veces cuesta, pero la práctica al final hace al maestro. ¿Por qué no empezar hoy mismo con un cambio que será positivo, saludable y nos aportará una gran paz? Es bien sabido que la paz interior es imprescindible para poder vivir una auténtica felicidad.

En la práctica, esto implica moderar nuestra reacción frente a determinadas noticias, no alimentar chismes, no dejarse llevar por el dramatismo, evitar la exposición excesiva a medios sensacionalistas y elegir contenidos que inspiren calma o que sean constructivos.

Un recurso útil es tener tu propio registro de gratitud: anotar cada día tres cosas buenas que has experimentado o visto, o que tengas en tu vida, contrarresta la tendencia a enfocarnos en lo negativo y reduce las ganas de dramatizar.

Establecer límites y alejarse

Lyons subraya que tenemos el poder de decidir dónde y con quién invertimos nuestra energía. Si una conversación se vuelve tóxica o una relación se alimenta solo de esa adicción al drama, podemos retirarnos o cambiar de tema.

La compasión no exige tolerar la negatividad crónica. Cambiar de escenario –apagar la televisión, dejar de seguir personas negativas– es un acto de autocompasión, no una falta de empatía.

Caminos para recuperar el equilibrio

Superar la adicción al drama no significa convertirse en alguien indiferente. Se trata de sustituir la reactividad por una actitud responsable y serena. Algunas sugerencias prácticas:

  • Limita la exposición a contenidos que incentiven ese quejarse por vicio.
  • Cultiva hábitos de regulación emocional: meditación, deporte y ejercicios de respiración reducen la necesidad de estímulos extremos.
  • Reformula tus quejas en peticiones o soluciones. En lugar de “todo me sale mal”, intenta “voy a buscar otra forma de…”.
  • Rodéate de personas que practiquen la calma; las neuronas espejo replican la serenidad ajena tanto como replican el estrés.

En un mundo lleno de estímulos diseñados para captar nuestra atención y generar reacciones, practicar el estoicismo se vuelve bastante necesario.

Reconocer que nuestro juicio es el primer motor del drama y que tenemos la libertad de frenarlo es liberador.

Cada vez que elegimos no alimentar el espectáculo externo, contribuimos a una cultura menos adicta a la queja y más centrada en lo que realmente importa: vivir con propósito y alegría.

Compartir: